Reflexión vital

Llevo unas horas pensando si escribir hoy sobre esto o no.

Quizá es algo de demasiada enjundia para un triste post que no leerá nadie.

Seguramente no sabré tratar el tema de manera adecuada.

Es posible que le meta el dedo en la llaga a alguien con la herida fresca aún.

Pero al fin y al cabo esto es mi blog y se supone que lo inicié por charlar conmigo misma entre otros nobles motivos así que, como decía aquel grande “sea de ello lo que fuere, allá va, como el caballo de copas”.

Anoche había quedado con unas ex-compañeras a las que hacía un par de años que no veía… No soy yo de vida social! Primero porque soy tremendamente feliz en mi cueva, con mi ordenador, mis patrones y mi gato. Eso para mí es felicidad. Por otro lado porque no tengo un chavo, y cualquier mierdi-salida de un par de horas, entre cena y alguna caña luego, se te va por las nubes. Total, que tengo menos vida social que un Playmobil. Pues el viernes me habían contactado estas compañeras con las que trabajé muy a gusto hace casi dos años, y me pillaron para cenar.

Así pues, pasamos la noche del sábado, primero cenando (poniéndonos las botas de mala manera) y luego cervecita va, cervecita viene. Lo típico que te enteras de mil historias y cotilleos, que recuperas aquel antiguo buen rollo por el que terminábamos las tres riendo como taradas con lágrimas por las mejillas. Nos dieron las tres entre carcajadas y nos despedimos finalmente prometiendo repetirlo porque habíamos pasado una noche increíble.

Llegué a casa, le rellené el bol a Mr. E, que se puso a maullar lastimeramente en cuanto entré por la puerta; me puse el pijama, me arrebujé en mis sábanas limpias y antes de dormirme con una sonrisa estúpida en la cara me dije: “Qué gran noche”.

Yo siempre digo que la felicidad no está hecha de grandes acontecimientos. Aquellos que buscan ser felices esperando a que les toque la primitiva o ser famosos o alguna historia semejante, nunca alcanzan la verdadera felicidad. Porque la verdadera felicidad está en las pequeñas cosas; en el gato ronroneando en tu regazo, en despertarte y darte cuenta que quedan aún un par de horas de sueño, de despertar a media noche y oír cómo llueve fuera, de saborear un dulce que te encanta y poder llenarte la boca con él, de beber agua helada cuando te mueres de sed… Pequeños gestos de la vida que te reconfortan. Anoche fue uno de esos momentos de felicidad primitiva y tonta.

 

Luego llegó la mañana.

 

A media mañana salía dar una vuelta con el sol que luchaba por salir de entre los nubarrones negros. Recogí una ramita para que jugara Mr. E y volví a casa viendo la cabalgada del día de Andalucía, los niños cogiendo caramelos y los abuelos al sol.

Al llegar a casa me puse a jugar con el gato, que se volvió loco con la ramita. Pensé en grabarle y reírme un poco luego, así que cogí el móvil y me sorprendí de tener llamadas y “wasapes” por un tubo. Suelo dejarme el móvil sin voz y de cualquier manera así que a veces pasa, pero las llamadas eran de mi madre y los mensajes también.

Mirando por encima vi algo de un muerto y dejé de saber leer por un momento así que me costó bastante enterarme de que un tío político que vive relativamente cerca, había fallecido. Pasado el estupor inicial la llamé para seguir con las sorpresas. Mi tío, con toda su familia, pasaban el fin de semana en su casa de campo, que se incendió durante la noche. Pudieron salir como buenamente se las ingeniaron la mitad; la otra mitad con ayuda de la policía; pero él no pudo. Tuvieron que sacarlo los bomberos, dos de los cuales sufrieron fuertes quemaduras. No hubo nada que hacer.

Al principio la preocupación y el susto me evitaron el pensar. Me asusté por los niños; me preocupé por cómo les afectaría ya de por sí el incendio, cuanto más la muerte de su abuelo de una forma tan trágica. Me preocupé por los adultos, que me respondieron al teléfono con voz de autómata; con un cansancio de espíritu que es difícil entender cuando no se ha sufrido nunca. Me preocupé por cómo organizarme si me tenía que organizar; por si me podía quedar con los pequeños por quitarlos del medio… Y al principio no pensé más.

 

Al cabo del rato encontré que la desgracia incluso había salido en algunos medios y cometí el error de buscar noticias  al respecto. Me encontré con aquella casita en la que yo he dormido alguna vez, quemada hasta los cimientos. Me encontré con la normalidad de las macetas aún colgadas esperando que alguien las riegue y los perros atados para pasar la noche. Me encontré con la tumba de mi tío. Pero también me encontré con un dato que me cayó como un jarro de agua fría.

A los bomberos les llegó el aviso a la 1:05 de la mañana.

Puede parecer que no tiene mucho sentido, pero para mi es tremendo.

 

Porque mientras nosotras en el primer bar al que fuimos nos reíamos de las pintas setenteras de un grupo de hombres que tiraban los trastos infructuosamente a la camarera de turno, alguien llamaba a los bomberos porque la casa se quemaba.

Porque mientras Ms. M me decía que se quería hacer un cover porque su antiguo Piolín se ha deformado al subir unos quilos (y nos descojonábamos del Piolín en concreto con la cabeza rectangular), los bomberos luchaban y se dejaban la piel de manera literal intentando sacar a mi tío del incendio.

Porque cuando estábamos con la última cerveza de la noche prometiéndonos que aquello había que repetirlo, a él le daban por muerto.

Y sobre todo porque yo al acostarme me había dicho a mí misma, con una sonrisa tonta en la cara: “Qué gran noche” y me había dormido pensando que aquello era felicidad… Mientras a no tantos kilómetros, una parte de mi familia eran repartidos por hospitales y pasaban la noche más horrible de sus vidas.


Ya sé. Ya sé que dirás… Mujer, tú no podías saber qué estaba pasando! O incluso puede que tires de demagogia y sueltes: Pues ya ves, ahora mismo un montón de niños de África se están muriendo y no parece que te importe.

Lo que pasa es que la fatalidad no es igual cuando golpea a otro que cuando te golpea a ti.

Y cuando la ves tan cerca, no puedes evitar pensar en la casualidad y en la relatividad del tiempo y el espacio, y en lo caprichosa y puta que es la vida. Te hace pensar en que mañana le gritas a tu pareja cuando sale por la puerta que traiga huevos, y ya no vuelve nunca porque un gilipollas le ha atropellado. Que viste a tu hermano en navidades y pensaste en lo pavo que es siempre, y ya no lo vuelves a ver porque se resbala en las escaleras y se abre la cabeza.

Así de injusta y de caprichosa es la vida. Así de cabronaza.

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