¿La medicina deprime?

Hoy tengo un día tonto. Teniendo en cuenta que soy una persona de lo más positiva y que, precisamente porque de joven sí tuve alguna depresión, sé lo que son y sé que ahora soy la mar de optimista y positiva. No soy el tipo de persona que necesita colgar en su Facebook quince citas diarias diciendo lo guay que es para autoconvencerse, no sé si me explico.

Me gusta mi trabajo, tengo varios hobbies (uno de ellos el blog), tengo gente  que me quiere y tengo sueños por alcanzar; algunos pequeños y alcanzables y otros lejanos y hechos simplemente para soñar. Duermo bien; y no duermo mejor porque hay que levantarse a currar… si no de qué. Como bien, de hecho como tan bien que estoy empezando una dieta porque mi IMC se ha salido de la normalidad y eso a mis rodillas no les va nada bien. No me dejo amargar por el físico ni me autoexijo demasiado. Hago algo de meditación y disfruto cada día. Además tengo un gato que es todo pelos y ronroneos.

Pero…

Pero hoy es día de médico.

Y los médicos me deprimen en general.

Y mira que me da pena decirlo porque tengo una súper amiga que es médica y sé que es muy buena persona, pero de verdad que me deprime.

Médico
Busca un médico al que le guste lo que hace… o no hará nada.

Aquello de ir a consulta por un dolor o un síntoma que te lleva coartando desde hace tres años y que vayan dando palos de ciego… pues mira, casi que lo tengo asumido. Pero que los palos de ciego sea tacharte de “neurótica” o “hipocondríaca”, cuando no de “eso son nervios”… pues la verdad, te cabrea mucho (o al menos a mí me enerva que no veas), pero luego te deprime. Porque has perdido una mañana entera en una consulta para que un completo extraño te ignore, te etiquete como pesada y te eche, volviendo a tu casa con el mismo problema que llevabas pero encima depre perdida.

Personalmente tengo un problema (obviamente indeterminado) que empezó de forma drástica hace tres años. Nunca fui una atleta precisamente… ya me entendéis, el “tumbing” y el “sofing” siempre ha sido mi deporte favorito! Pero también me gusta mucho andar y puedo  podía hacerme 6 kilómetros en una hora sin despeinarme. De golpe (porque fue de golpe) eso paró. No podía caminar, me cansaba súbitamente, me invadía un calor terrible y me mareaba hasta el punto de oscurecerse todo y sentarme/caerme.

Empezó la peregrinación.

Lo primero (para qué vamos a buscar más) fue decir que eran ataques de ansiedad. Hasta que, tras mucho batallar pude demostrar que mi ansiedad era la normal de todo hijo de vecino. Así que probaron el corazón. Como la seguridad social tiene recortado hasta el nombre, dejé de esperar que me llamaran y fui pagando a que me vieran. MI corazoncito estaba perfecto a excepción de una “mierda soplo” según palabras textuales del cardiólogo, que en ningún caso podría causarme el cansancio. “Eso va a ser alergia al gato. Dáselo a alguien y ya está”

No si por decir idioteces no será.

Pastillas
Otro gran clásico… Pastillas que no hacen nada.

Tras otro montón de tiempo logré que me viera un neumólogo que me dijo que ya tenía una edad (36 años como 36 soles… una edad terrible), y que si no podía ir a comprar el pan, que me fuera alguien. Aquella vez me levanté, me fui y puse una queja directamente.

Tampoco os voy a aburrir.

He ido a más neumólogos, me han dado muchas teorías, todas basadas en estrés. Pero en ningún momento me han hecho una prueba que no haya sido buscarme alergia al gato.

No, no tengo alergia al gato.

Hacer un Holter? una prueba de esfuerzo? una prueba de alergia en sangre? Pa’qué? Para qué si podemos decir que es ansiedad?

Ahora, además de los mareos, los calores, la falta de energía, la dificultad para respirar y los broncoespasmos en los momentos más graves (a veces en mitad de una comida con amigos… de lo más estresante), se me ha retirado la regla. Síntoma inequívoco de estrés, según parece.

 

Claro, te llega un momento en que la desesperación sí que te empieza a deprimir. Porque no sabes qué tienes, pero sabes que tienes algo. Algo que empeora y que nadie está interesado en encontrar.

 

En fin, por suerte (extraña expresión para lo que voy a decir), por suerte tengo toda una serie de enfermedades raras de origen genético (o tal vez sea la misma que tiene diferentes caras, tampoco nadie se ha esforzado en mirarlo), que me han llevado a luchar contra ellas; siempre sola frente a “los médicos” que han pasado de todo o que han estado incapaces de ver más allá de su bata. Me he tenido que mover mucho, he investigado y leído, he contactado con montones de gente y probado montones de historias raras. La mayoría grandes fiascos, pero de vez en cuando he encontrado la solución concreta que buscaba.

Así que, cuando me llega el día de médicos y vengo toda depre para casa, me miro el listado de problemas que he tenido derivados de mi no-diagnosticado síndrome de Ehlers–Danlos, de las enfermedades hereditarias de mi familia que, poco a poco se han ido haciendo hueco en mí y veo que, las que van saliendo, más tarde o más temprano, las termino venciendo. Acabo por encontrar a una persona que se interesa, a un médico que de verdad quiere ayudar, un profesional que no tiene miedo a decir que no sabe qué es eso, pero que quiere aprender. Conozco a un nuevo especialista de una rama que no conocía y que, finalmente, da con una solución, si no definitiva, sí paliativa. Y me digo que sí, que podré con esto también, como he podido con lo anterior.

Y que sólo hay que moverse. Sea lo que sea lo que tengas. Siempre va a haber gente igual que tú. Y peor que tú. Y gente que se ha curado de lo mismo que tú. Y si nadie sabe ayudarte, no tengas miedo de dar el bote y buscar en otro sitio. Entonces vuelvo a buscar, a informarme y a ir a otro profesional con fuerzas renovadas, porque sé que esto tampoco podrá conmigo.

Y que si, que la medicina deprime, pero yo no soy depresiva así que… Seguimos adelante. Siempre adelante.

Y tú, cómo te sientes cuando vas al médico?

O tú, médico, cómo te sientes cuando te presentan algo que no entiendes?

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