La llegada de Mr. E – Un gato para una de perros

La primera vez que me crucé con un gato fue el de la vecina de mi abuela. Hipnotizada por su porte elegante fui inocente a tocarle la cabeza cual perrillo. Obviamente me arañó.

A partir de aquel cruel momento no hubo gato que no me mordiera o arañara cuando intentaba cogerlos, acariciarlos o simplemente me quedaba cerca de ellos… Por razones más que obvias, siempre me consideré de perros… Eran cariñosos, pesados, mimosotes, se dejaban tocar y manosear y siempre siempre te mostraban un afecto desmesurado.

Yo era una tía de perros.

Pero un día ocurrió. Ese típico día de resaca que vas a hacer ensayos muy a tu pesar y te encuentras con una del grupo llorando a moco tendido por no sé qué, y tú estás dispuesta a hacer lo que sea para que se calle de una vez. O por ayudar, lo que sea. Y entonces te cuenta que tiene una gata que no está castrada y que ha tenido gatitos y que claro, sus padres ya no quieren más gatos, y los van a sacrificar y que sólo necesitan unos meses bla bla bla… Total que yo, que en ese momento vivía sola, hago la buena acción del mes y le digo que me quedo con uno.

“Total, yo no tengo prisa por deshacerme de él, ya se lo colocaré a alguien”

Mis motivos fueron totalmente erróneos, lo reconozco. Nunca jamás en la vida debes meter a un animal en tu casa si no contemplas la opción de quedártelo… porque igual te lo tienes que quedar y a ver luego qué haces… Pero a la chica le habían dado un mes y ya apenas quedaban unas semanas.

Llámalo destino, llámalo X.

Mr. E y hermano
Mr. E (el de la mancha) y hermano.

Me enseñó una foto de los dos hermanitos. Resulta que eran blancos como pelotillas de algodón. Adorables, no lo voy a negar. Así que tampoco lo vi tan grave. Con los días hasta me emocioné y todo. La perspectiva de tener un amigo peludo, cuando mi madre siempre me había negado la opción, era muy halagüeña. Me tocó el de la mancha. Esta chica sabía que si lo tenía yo al menos podría visitarlo de vez en cuando.. El otro hermano iría a una masía (demasiado pequeño lo veía yo).

Llegó el día. Tras haberme empollado varios libros sobre el cuidado y la psicología de los gatos me vi con energías para llegarme a por el susodicho. Ya había decidido hasta el nombre y le había comprado unos cacharricos para la comida y el agua. De porcelana, que no guarda olores, porque los de plástico les producen cierto rechazo. Ea.

Me llevé un flamante transportin nuevo con una bonita camita para gatos (como si eso le fuera a impresionar) y una toalla limpia con la que frotamos enérgicamente a su madre (bueno, la frotó su dueña, que yo lo intenté y me la llevé calentita), porque había leído que le iría bien tener el olor de su madre en su nuevo hogar para sentirse bien. Lo cierto es que la separación fue demasiado temprana, pero los padres de la chica no querían más gatos y no voy a meterme ahí.

Cogí a mi cosa peluda, le miré sus ojitos medio bizcos aún; sin color determinado, con un descuidado resto de sangre quizá en la nariz (vete a saber si del nacimiento), y me maulló, quejándose. Lo tomé por un cumplido y lo metí en su caja. Ea, para casa.

Mr. E no sabe comer
Mr. E no sabe comer

Por el camino no se quejó. Iba mirándolo todo con gran curiosidad; rasgo que se le ha ido desarrollando con la edad. y cuando llegamos a casa todo estaba preparado. Su caja de las cacas, su comida, su agua…

Él dió unos pasos inseguros por el piso. Lo cogí y lo puse frente a la comida. Para mi horror lamió débilmente las croquetitas de bebé gato que tenía delante y mojó los morrillos un poco. Luego se meó allí mismo. Lo llevé en volandas a la caja de las cacas para que supiera donde estaba y allí terminó de mear. Se durmió y dormido estuvo el resto del día.

Al día siguiente empezó a preocuparme. Aquel bicho ni comía ni cagaba. Aquello no coincidía con lo que había leído en mis libros. Así que recurrí a la sabiduría de la red antes de ir al veterinario a que me cobraran por hacer el pardillo. Resulta que había altas posibilidades de que mi gato no supiera comer aún.

Genial. Un gato que no sabe comer.

Siguiendo varios consejos fui a comprar comida blanda y aquello sí que pareció gustarle. Lamía y lamía como un poseso. Quedaba claro que no sabía masticar aún. Pero espera que me han dicho que cagará al rato y este tío no suelta nada…

Más sabiduría forera.

Que resulta que cuando son tan peques no saben cagar y sus madres les lamen el culo para que lo hagan… Eeeeeeem creo que no vamos bien. Finalmente el truco fue darle en el culillo con una gasa mojada en agua tibia. Como por arte de magia el gato cagó.

Genial. Un gato que no sabe cagar.

A partir de ese día, allí me tenías, machacando la comida de bebés-gato y mezclándola hábilmente con comida húmeda y frotando culos gatunos luego. Cómo no pensé que esto sería tan genial?

Mucho dormir y poco posar
Cuando dormía estaba para comérselo.

El resto del tiempo era entretenido. Cuando no estaba durmiendo estaba destrozando algo. Algo, aclaro, que no fuera su flamante rascador nuevo. Pues vaya mierda. Si lo intentaba acariciar, me mordía; si lo cogía, me mordía; si lo dejaba me mordía el sofá, si lo echaba, se lo tomaba como un juego… Y por las noches aún era mejor! En cuanto tuvo un mínimo de altura empezó a trepar por las estanterías. Se escalaba hasta la última de todas o a lo alto de la nevera y luego maullaba tristemente porque no sabía bajar y tenía que montarme en una silla para cogerlo (que me mordiera) y bajarlo de allí.

Admito sin rubor que pensé en más de una ocasión que había cometido un grave error al acoger a aquel felino. Yo me las había prometido muy felices con la idea de quitármelo de encima pronto pero un problema imprevisto me lo había impedido. Resulta que, aparentemente estaba sordo como una tapia.

Genial. Un gato sordo.

Al principio pensamos que se debía a una tara genética. Parece ser que los gatos blancos de ojos azules suelen ser siempre sordos, por un gen asociado a ese albinismo. Al mío aún no se le adivinaban los ojos así que parecía claro. Pero al llevarlo al veterinario para las primeras tomas de contacto resultó que tenía una infección en las orejas de toma pan y moja. Podía quedarse sordo a raíz de aquello si no se le limpiaban las orejas pacientemente cada día varias veces con unas gotas especiales.

BFFFFFFFFF

Mr. E con un mes
Pese a tener esta carita, nadie lo quería por ser sordo.

Nadie quería un gato sordo. Lo cierto es que me sorprendió porque no sabía yo que los gatos fueran tan buenos conversadores, pero al parecer, que fuera sordo era un grave problema para la gente.

Pasaron los meses. Un día descubrí que si yo rascaba el rascador, el gato me imitaba. Empecé a pegar celo de doble cara en el sofá y las cortinas. Aprendí un método de educación para que no mordiera las manos al tocarlo. Aprendí a acercarme a un gato. Un día, una compañera me preguntó si seguía sordo.

– Ah, pues no, ya está curado.

– Genial, y ya come y todo normal?

– Sí, sí, come, caga y oye. Todo de manera autosuficiente. Además ha dejado de arañar el sofá.

– Qué guay, pues me lo quedo si quieres…

– Qué? O sea… qué? Me estás diciendo que cuando ha necesitado atención veterinaria has pasado, que cuando ha tenido un problema de adaptación has pasado y ahora que empiezo a domarlo te lo quieres quedar?

A veces flipo con la gente. Más de lo habitual, quiero decir. Supongo que para la mayoría de la gente tener un gato (o un perro), se reduce a hacerle una foto para colgarla en el Facebook o  el Instagram y esperar el alud de gente que te dice cosas como “qué cuquiiiiiiii” y semejantes…

Genial. Le he cogido cariño al gato.

Mr. E con tres meses
Mr. E con tres meses y como una cabra.

Sí, amiguitos y amiguitas. Le había cogido cariño al condenado gato. Pese a sus mordiscos y arañazos, a sus destrozos y a sus excursiones nocturnas… Me había acostumbrado a que se metiera en la ducha conmigo y luego saliera mojado corriendo por todo el piso. Me había acostumbrado a que se me sentara encima, poniendo su pata sobre mi brazo y se quedara frito. Me empezaba a acostumbrar a tener pelos por todos lados. Me empezaba a volver adicta a estrujar una bola de pelos caliente y palpitante.

 

Los años han pasado; casi 5 para ser sinceros. Ahora Mr. E es un gato enooooooooooooorme. La veterinaria dice que su padre tuvo que ser alguna raza de esas bestias porque no es normal lo grande que es. La cantidad y la largura de sus pelos me sigue sorprendiendo todavía. Su color blanquísimo sorprende a la gente que lo ve desde la calle, cuando se pone en su mirador de la ventana, observando al populacho pasar. Ya no destroza cosas a menos que, por despiste, se deje una uña enganchada. Se ha convertido en una cosa mucho más mimosa que un perro; que me sigue de la mañana a la noche, que viene cuando lo llamo o le silbo, que me salta a las faldas en cuanto piensa que me voy a sentar. Que busca mi cabeza para saludarme de un cabezazo felino a cualquier hora.

Mr. E, adulto
Quién no se enamora de esos ojos?

Y sí, aún tenemos nuestras cuitas. Es un drama cortarle las uñas; y no hablemos de quitarle nudos, o llevarlo al veterinario… pero luego me viene ronroneando feliz y me deja estrujarlo un poco y se me van todos los problemas del día como si fueran mosquitos.

El otro día, una compañera me preguntaba si no prefería tener un perro, yo que siempre había sido perruna… Y me sorprendí diciendo que no. Que el amor de un perro quizá era más incondicional, que quizá te adoraban… pero te adoraban porque sí. Si un gato te quiere es porque le da la gana quererte. Es más humano, por decirlo de alguna manera.

Después de tantos años, siento que he conquistado su corazón felino. El mío creo que lo conquistó en la primera foto… sólo que yo no me di cuenta.

 

One Comment

  1. Mary carmen

    Me he emocionado leyendo la historia de elur, te entiendo muy bien, por que a mi ankh me enamoró en cuanto lo vi por primera vez, me.e ha tenido mucha suerte de caer en tus brazos al igual que tu has tenido suerte de que el llegara a tu vida!!! Bsss mil

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